LIBRO - las memorias de Elliot Roosevelt: "Como él lo vio"
Mensaje a las Autoridades Naturales del Perú:
Un hallazgo Interesante
Tema: Conflictos y guerras contínuas
Notas de Introducción de Klaus - Verano 2025
En el solsticio de verano de 2025 encontré un libro en un jardín — un libro viejo, pero abandonado y empapado de lluvia — un libro de 1946 que hablaba de la recientemente
finalizada Guerra Mundial 2, relatado por el hijo del presidente Roosevelt.
signado de: Klaus Lynge
Este libro preveía la posibilidad de una Guerra Mundial Tercera
Ahora, 80 años después del nacimiento del libro, nos encontramos quizás ante esta guerra y, curiosamente, con los mismos actores en los mismos papeles,
que tenían al final de la Segunda Guerra Mundial:
• Irán + Turquía + Palestina están todos mencionados.
• Europa y las Naciones Unidas.
El libro es de 306 páginas, pero solo las últimas 15 páginas: el capítulo 11: "La Conclusión" está escaneado y citado.
- traducción por M. Cuicapuza -
extracto del libro del año 1946
La CONCLUSIÓN = Capítulo 11:
El trabajo para crear una paz que abarcara a todo el planeta había comenzado. En algún momento del tiempo transcurrido desde la muerte de Franklin Roosevelt,
su valiente esfuerzo ha sido socavado. Quizás "socavado" sea una expresión demasiado débil. Quizás debería decirse: la paz se está perdiendo.
Por todas partes se ven pruebas de la exactitud de esta sobria afirmación. "No hay paz", grita Walter Lippmann. Los periódicos publican informes sobre bases
aéreas de avanzada en la zona oriental de Alemania que administramos, y cuentan cómo estamos construyendo allí una fuerza aérea con las máquinas de cohetes más
nuevas y rápidas en lugar de los "anticuados" P-51.
Manera de preguntar por qué, y esa pregunta exige una respuesta.
O pensemos en la sospecha que de ello surge debido a nuestra renuencia a revelar el "secreto"
de la bomba atómica, el cual cada científico que ha trabajado en el Proyecto Manhattan nos asegura que no es ningún secreto en absoluto.
Y, sin embargo, nos aferramos a este juguete asesino que no nos atrevemos a confiar a nuestros "poco fiables" aliados, sino que preferimos dejar en manos de
hombres con uniforme militar, como si fuéramos un Estado militar y no, gracias a los antepasados que fundaron nuestro Estado, una democracia civil.
Anotar más pruebas en la misma dirección es tan fácil como respirar.
Nuestra tarea es encontrar las causas que subyacen, las causas de por qué estamos en camino de perder la paz tan rápidamente, al punto de que los iniciados
en los cócteles de Washington discuten la guerra con la Unión Soviética "preferiblemente antes de 1948", lo que significa preferiblemente antes de que la Unión
Soviética pueda tener lista su propia versión del arma atómica. ¿Por qué los corresponsales de los periódicos pueden escribir: "Cualquier estadista en Europa deja,
en última instancia, que sus acciones se vean influenciadas por la noción, que siempre se encuentra en el fondo de su conciencia, ¿de que uno debe prepararse para la posibilidad de que ocurra una guerra entre Inglaterra y Rusia que arrastrará a todas las demás naciones con ella?" Debemos descubrir quiénes son esos estadistas, debemos atacar esta noción, debemos luchar por la paz mundial que parecía tan segura cuando el Día V-J (Victoria sobre Japón) siguió al Día V-E (Victoria en Europa).
El trabajo comienza por descubrir qué cambio ha ocurrido que nos ha desviado del camino hacia la paz y nos ha hecho correr en la dirección opuesta con la mayor confusión.
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Elliott Roosevelt fue hijo del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt
Creo que hay una cosa que conducirá a la claridad y a la comprensión de las condiciones políticas de la posguerra, una vez que realmente se haya percibido y comprendido. Es que, cuando Franklin Roosevelt murió, el progreso en el mundo perdió a su mejor y más influyente defensor. Cuando él murió, se calló la voz que con mayor claridad exigía justicia para todas las naciones y todos los pueblos del mundo. Sí, más que eso, para todos los pueblos del mundo él había sido el símbolo de América y de la libertad; él era aquel a quien habían ligado sus esperanzas de liberación y de un nuevo mundo donde reinara la paz y la abundancia; cuando él murió, parte de su esperanza y de su fe murió con él.
Es evidente que ningún ser humano, por grande que sea como líder, puede por su vida o por su muerte influir en la historia del mundo por más de unos pocos momentos de la eternidad. Pero en este caso, la muerte de este único hombre significó que por unos pocos momentos surgió un vacío; falló la fuerza que nos conducía hacia adelante, la que debía asegurar que el resultado de nuestra lucha no fuera, a fin de cuentas, la preservación del status quo ante. Y en esta pausa, cuando los amigos del progreso, por así decirlo, se habían ido a almorzar, dieron un paso al frente sus oponentes, los enemigos del progreso, los defensores del mundo que fue, los hombres de la reacción.
No es difícil citar fenómenos concretos que respalden esta tesis. Anteriormente en este libro he descrito, sobre la base de mi conocimiento personal, muchos de los planes que el artífice de la victoria mundial discutió con otros líderes. Significaban promesas. Comparemos las promesas con las realidades y veamos cuál es el resultado.
Está, por ejemplo, China. En El Cairo, Franklin Roosevelt arrancó al gobernante feudal, que también era de facto el señor de la guerra de China, una promesa. Esa promesa era que, antes del fin de las hostilidades, se formaría un gobierno que representara verdaderamente la unidad nacional de China y, bajo la dirección de este nuevo y más democrático gobierno, se celebrarían elecciones en todo el país lo antes posible. Ciertamente, era una promesa condicionada. Chiang estableció dos condiciones. En primer lugar, que mi padre obtuviera del gobierno soviético la promesa incondicional de que Manchuria volvería a estar bajo la soberanía china, y la promesa incondicional de que la futura frontera de China sería respetada, incluyendo que la Unión Soviética no se entrometería en los problemas políticos internos de China; en segundo lugar, que los Estados Unidos apoyarían a China cuando, después de la guerra, esta negara a los ingleses los derechos extraterritoriales en Hong Kong, Cantón y Shanghái. Como una especie de énfasis a esta condición, Chiang recibió la promesa de que solo barcos de guerra estadounidenses entrarían en estos y otros puertos chinos, y que los barcos de guerra británicos no tendrían acceso una vez que la resistencia japonesa hubiera cesado.
¿And qué es lo que ha ocurrido entonces? El enviado especial de mi padre, Pat Hurley, realizó un trabajo excelente. Obtuvo todas las promesas necesarias de la Unión Soviética, la cual de hecho ha cumplido con el acuerdo en espíritu y letra desde entonces. Entonces correspondía a los Estados Unidos cumplir con las condiciones de nuestra parte. No lo hicimos. Los primeros barcos de guerra que navegaron hacia los puertos chinos fueron barcos de guerra británicos. La orden que les prohibía el acceso había sido "retrasada" en algún lugar, probablemente en el Departamento de Estado.
¿Y cuál fue el resultado? Cuando Chiang se enfrentó a la promesa estadounidense rota, él también rompió la suya. Hoy, China no presenta una imagen de progreso, sino de una reacción continua. El gobierno no es un gobierno de unidad nacional donde todos los partidos estén representados, sino un gobierno despótico con la hambruna como telón de fondo y el cinismo y el soborno en la cima.
Una comparación entre las promesas y los resultados en el mundo colonial muestra discrepancias aún mayores. Como ejemplo pueden servir las Indias Orientales Holandesas. La reina Guillermina había dicho que, inmediatamente después del cese de las hostilidades, proclamaría que el territorio primero tendría el estatus de Dominio y, muy pronto después, la oportunidad de obtener la independencia mediante votación. Este compromiso se asumió, por cierto, bajo la condición de que serían tropas estadounidenses las que liberarían estas ricas colonias. Para su dolor, el mundo tuvo que constatar que fueron los ingleses quienes —preocupados por el efecto que la independencia de los javaneses pudiera tener sobre los pueblos de sus propias colonias— irrumpieron en las Indias Orientales Holandesas como disparados por un cañón y utilizaron el equipamiento estadounidense de Préstamo y Arriendo para reprimir de la manera más despiadada la lucha de independencia de este pueblo. Mientras tanto, en América, no hicimos absolutamente nada.
O se puede citar como ejemplo la Indochina francesa. ¡A menudo mi padre había sostenido que esta colonia, liberada principalmente por armas estadounidenses y por tropas estadounidenses, nunca debería ser devuelta sin más a Francia para ser explotada por sus imperialistas, como había sido el caso durante décadas!
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Elliot Roosevelt fue oficial en 'United States Airforce' + piloto de su papa
Pero cuando las tropas coloniales británicas marcharon, trajeron consigo tropas francesas y administradores franceses. ¡Rápido! ¡Actuemos ahora que el momento es propicio! ¡Devolvamos el país a los mismos explotadores imperialistas mientras nadie se da cuenta!
Pero por significativos e inquietantes que sean estos ejemplos, significan poco en comparación con el testimonio más grave de que la reacción ha ganado la victoria sobre el progreso. Esto es el colapso de la unidad entre los Tres, esa unidad que es el pilar de la paz. Franklin Roosevelt fundió ese pilar y lo colocó en su lugar; desde entonces, muchos hombres han golpeado contra él con la esperanza de que al momento siguiente se derrumbara en ruinas.
Estas personas que intentan sabotear la unidad internacional están lideradas por hombres que afirman que el derecho de veto es incorrecto en principio. Son personas que, por ignorancia o codicia, cierran los ojos al hecho de que, en un mundo dominado por las tres grandes potencias, los EE.UU., la URSS y Gran Bretaña deben trabajar los tres unidos si se quiere preservar la paz. Tampoco basta con afirmar que los rusos son tan tercos y tan codiciosos que ningún Estado con amor propio puede mantener la unidad con ellos sin "apaciguarlos" —¡una palabra terrible! Este argumento no sostiene un análisis, porque el mundo ha visto que los Tres Grandes han podido ponerse de acuerdo y ha notado con alegría que la unidad se preservó durante muchos, muchos meses, llegando hasta la Conferencia de Ministros de Relaciones Exteriores en Moscú en diciembre de 1945 - enero de 1946. Fue solo después de la conferencia, cuando en este país se empezó a clamar que Byrnes había traicionado los intereses de los Estados Unidos, cuando bajo la dirección de hombres como Vandenberg en el Senado y el coro Hearst-Roy Howard-McCormick en nuestra prensa surgió la exigencia de tomar a Rusia "con mano firme", fue solo entonces cuando la unidad comenzó a fallar.
¿Y qué fue lo terrible que Byrnes había hecho en Moscú? Él había discutido la posibilidad de dejar, con el tiempo, el control de la bomba atómica en manos de las Naciones Unidas. Porque Byrnes veía las cosas con la suficiente claridad como para comprender que, si algo era particularmente apto para sembrar la sospecha contra la rica y poderosa América en los corazones de los países que fueron nuestros aliados en la guerra y de los que se esperaba que también lo fueran en el trabajo por la paz, era que mantuviéramos en secreto el arma de destrucción más terrible del mundo. ¿Por qué? ¿Contra quién se iba a usar?
Pero Byrnes evidentemente aprendió la lección. Diez meses después había escuchado una voz interna y estaba listo para promover su propia forma de actuación firme frente a Rusia. Por una extraña coincidencia, fue solo una semana después de que Winston Churchill —quien desde la primavera de 1942 hasta el invierno de 1943-44 había luchado incansablemente para evitar que Europa fuera invadida a través del Canal, y que siempre había trabajado para forzar un cambio en la estrategia de los Aliados para que nuestras tropas recibieran la orden de avanzar sobre las cadenas montañosas que él llamaba "el vientre blando de Europa"— que el mismo Winston Churchill pronunció su discurso en Fulton, Missouri, en el cual lanzó un ataque furioso contra la Unión Soviética. Él había intentado mover el centro de gravedad de la ofensiva para proteger los intereses del Imperio Británico en los Balcanes y en Europa Central contra su aliado, la Unión Soviética, poniendo en peligro una victoria rápida, y ahora lanzaba un globo de ensayo para una guerra abierta contra su antiguo aliado. Cuando propuso una alianza militar anglo-americana, tampoco podía ignorar que los Jefes de Estado Mayor Conjuntos mantenían reuniones regulares en Washington muchos meses después de que la guerra estuviera "terminada", tal como se siguen reuniendo hoy en día.
El comienzo del colapso gradual de la tan necesaria unidad entre los Tres Grandes puede, de hecho, rastrearse a un momento situado incluso antes del final de la guerra. Tres meses antes del colapso de los nazis, los ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra de los Tres Grandes comenzaron a enviar borradores de las condiciones de capitulación de un lado a otro entre Londres, Washington y Moscú. Después de alguna discusión, finalmente se llegó a un acuerdo sobre este documento. Se envió una copia desde Moscú al mariscal Zhúkov. Pero no se envió ninguna copia al general Eisenhower en el SHAEF, ni desde Londres ni desde Washington. Las condiciones de capitulación que él aplicó fueron de hecho redactadas por su jefe de Estado Mayor, el general Bedell Smith, simplemente porque él no sabía que existía tal documento. ¿Es tan extraño entonces que la Unión Soviética se molestara? ¿O que se irritaran más tarde porque las tropas británicas y estadounidenses no se retiraron de inmediato a las zonas de ocupación que se habían acordado en Yalta? ¿O que, mientras se escribe esto, estén con plena razón enojados porque las tropas de ocupación británicas y estadounidenses no se toman la molestia de cumplir con los planes de reparación que se acordaron conjuntamente en Yalta?
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Eliott Roosevelt ascendió al rango de 'brigadier general'
Cuando ocurrieron estos eventos, provocaron inevitablemente una reacción en el Kremlin. No puede haber ninguna duda de que, desde el Día V-E, Stalin y sus asesores sintieron que cuando el panorama general quedaba tan fuertemente marcado por el desacuerdo entre los Aliados, debían pensar de inmediato en fortificar su propia posición contra cualquier eventualidad. Los telones de acero no surgen por sí mismos. Hay razones por las cuales se colocan. Cuando un Churchill habla de un telón de acero en Europa, un Stalin podría citar razones para su necesidad. Pero tal como es la política internacional, la lógica lamentablemente ha sido desplazada por una especie de técnica de disputa mutua. En mi intento de encontrar de nuevo las causas primeras y más profundas de la actual situación crítica, solo llamo la atención sobre el hecho de que fueron los Estados Unidos y Gran Bretaña quienes primero hicieron resonar los sables y quienes primero rompieron las decisiones colectivas.
Y también debe señalarse que, durante el enfrentamiento mundial que siguió al cese de la lucha, abandonamos el papel vital de mediador entre Gran Bretaña y la Unión Soviética, las únicas dos naciones cuyas medidas de seguridad entran en conflicto hoy en día. En lugar de mediar en estas discrepancias, como mi padre siempre había hecho concienzudamente, tomamos partido; sí, hicimos algo aún peor: no solo nos colocamos al lado de Inglaterra, nos colocamos detrás de ella. Durante los trágicos acontecimientos en Grecia, donde soldados británicos, a pesar de las ruidosas protestas del propio pueblo inglés, asesinaron fríamente a antifascistas griegos, tomamos partido por el Ministerio de Asuntos Exteriores británico al declarar que una caricatura de elección era genuinamente democrática.
En Turquía apoyamos igualmente los objetivos británicos al empujar a una Turquía, no muy reacia, a una relación de confrontación con la Unión Soviética, la cual abrigaba deseos de un control conjunto de los Dardanelos. Geográficamente hablando, las dos naciones que dominan los Dardanelos son Grecia y Turquía. Al apoyar a los ingleses en la creación de una situación desventajosa para la Unión Soviética en estas críticas e importantes aguas, hemos negado una vez más el principio de unidad entre los Tres Grandes.
O está el caso de Irán. Sería sumamente cómico si no fuera al mismo tiempo tan amargo. Como resultado de la instigación británico-estadounidense, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas exigió a menudo —sin tener en cuenta en lo más mínimo los deseos del propio gobierno iraní— que el asunto iraní se mantuviera abierto, como si alguna vez pudiera significar una amenaza seria para la paz. Los hechos son fácilmente accesibles: Gran Bretaña vigilaba celosamente su control de las concesiones petroleras en el sur de Irán, sobre la base de acciones en la proporción de cuarenta y nueve a cincuenta y uno, de tal manera que la parte del león, naturalmente, iba para el león británico.
Cuando la Unión Soviética se atrevió a negociar concesiones en el norte de Irán sobre una base de cincuenta-cincuenta (y recuerden cuán cerca está Irán de los pozos petroleros de Bakú), el Consejo de Seguridad de la ONU utilizó el asunto para una campaña anti-soviética. En todos los Estados Unidos, los escritores políticos y los comentaristas de radio estuvieron de tal manera de acuerdo en que la política de los rusos era imperialista, que nosotros, los que leíamos y escuchábamos, casi llegamos a creer en la representación distorsionada porque se repetía muy a menudo.
Irán es solo importante como un síntoma de que un pequeño grupo de hombres obstinados en Londres y Washington desea crear y alimentar un ambiente hostil contra los rusos, como si el pueblo ruso no hubiera soportado el peso principal de la fuerza militar del nazismo, soportándolo, derrotándolo y demostrando así para siempre cuán significativos serán en una coalición que ha de crear la paz.
Cuando hablo con tanta urgencia es porque, en una escala bastante modesta, he ganado el derecho a hacerlo, porque he trabajado y he volado junto con más hombres que ahora están muertos de los que me importa recordar. Y no es agradable pensar que sus esfuerzos sean descuidados tan poco tiempo después por personas que nunca se encontraron en el bando correcto, incluso después de Pearl Harbor. No es agradable pensar que las voces que hoy suenan más fuerte pertenecen a los "nuevos internacionales", los miembros del Congreso que por internacionalismo entienden una asociación internacional con el propósito de provocar la Guerra Mundial Número Tres contra uno de nuestros aliados de la Guerra Mundial Número Dos.
He utilizado la designación "un pequeño grupo de hombres obstinados", y he dicho que se encuentran en Washington. Quizás deba expresarme aún más claramente. Pienso en la gente de carrera dentro del Departamento de Estado en quienes mi padre nunca confió, incluyendo a ciertos hombres a quienes a menudo se hace referencia erróneamente como nuestros "expertos" en política exterior. Pienso en los reaccionarios dentro de ambos grandes partidos en el Congreso, hombres que creen que es más importante tomar partido para el futuro que trabajar juntos por el futuro. Pienso en nuestros guardianes de la "prensa libre", esa prensa que lucha heroicamente por la libertad de la irresponsabilidad. Estas son las voces que más fuertemente difaman el principio de unidad entre los Tres Grandes, porque sostienen que el derecho de veto es "un sistema pernicioso".
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En la década de 1960, fue elegido alcalde de Miami Beach, Florida
Y pienso también en los hombres que han hecho que nuestra política exterior se encoja al tamaño de una bomba atómica, los oficiales que evidentemente piensan exclusivamente en su propia carrera militar y, por lo tanto, están listos para condenar sin más a la civilización a terminar en un montón de ruinas.
Agradezco poder afirmar que las tradiciones consagradas de América exigen que los militares no dominen el destino del pueblo. Estoy convencido de que no fue ningún accidente cuando se determinó que el Presidente —quien tradicionalmente es un civil— debe tener el mando supremo sobre el Ejército y la Flota. Pero debemos mirar sobriamente el hecho de que los militares han asumido la diplomacia después de la guerra. No critico el trabajo del general Marshall en el Oriente. Tampoco me opongo especialmente al general Bedell Smith en Moscú. Tampoco niego que el almirante Leahy sea el mejor asesor en asuntos diplomáticos que un presidente jamás haya tenido. Pero sostendré que puestos diplomáticos tan importantes deben ser ocupados por civiles, que no corresponde a una democracia pacífica como los Estados Unidos tener que recibir consejos y orientación en asuntos internacionales de oficiales de alto rango. Los militares que entran en la política estadounidense y en el servicio diplomático exterior deberían primero separarse completamente de las fuerzas armadas y retirarse a la vida civil.
El peligro de una diplomacia militar debe ser evidente; los militares significarán el Ejército, y un Ejército es solo un apoyo para el progreso en la medida en que sea un apoyo para una política exterior amiga del progreso. Por lo tanto, no debería ser posible que los mismos hombres dominen la política exterior y las fuerzas armadas, sin importar cuán capaces y rectos sean. La actitud de nuestras tropas en el extranjero respalda de manera interesante esta teoría. Mientras el soldado raso estadounidense tenía claro que estaba ayudando a ganar una guerra, renunciaba por lo general con buen humor y extraordinariamente pocas quejas a las alegrías del hogar y de la familia frente a su deber de luchar y vencer. Los disturbios para volver a casa no ocurrieron tan tarde como en la época de la Conferencia de Potsdam, cuando todavía parecía haber y había un trabajo determinado que hacer por la democracia: administrar un nido fascista conquistado. Pero tan pronto como quedó claro que aquello por lo que habían luchado —en primer lugar, esa paz a través de muchas generaciones que fue asegurada para el mundo mediante la unidad de los Tres Grandes en Teherán— estaba siendo arrojado por la borda, se escuchó un clamor desde París hasta Tokio que se registró claramente en Washington.
Permítanme dejar completamente en claro que no tengo nada en contra de que se mantenga un gran número de estadounidenses bajo las armas. Lo deseo si tal ejército ha de ser usado como parte de la fuerza de seguridad prevista en la constitución de las Naciones Unidas, y si las Naciones Unidas se construyen sobre la premisa a partir de la cual nacieron, a saber, una unidad cada vez más fuerte entre los Tres Grandes.
Llego ahora a la pregunta: ¿Qué podemos hacer nosotros, los que no somos solo funcionarios estadounidenses, sino además algo mucho más importante, a saber, ciudadanos estadounidenses? ¿Qué podemos hacer para traer a nuestro gobierno de vuelta al camino que fue marcado por Franklin Roosevelt?
Para responder a esa pregunta debo decir muy brevemente lo que he aprendido, primero de nuestra historia y más tarde al observar la labor de mi padre como Presidente. Estoy convencido de que nuestros más grandes presidentes fueron aquellos que fueron más sensibles y receptivos a la parte informada e inteligente de la voluntad del pueblo. Lincoln no pudo firmar la Ley de Emancipación, por la cual los esclavos quedaban libres, hasta casi dos años después de que la Guerra Civil hubiera comenzado, no porque los estados del Norte no presionaran para que eso sucediera, sino porque la presión no era suficiente. En una democracia estadounidense se presupone una interacción entre el pueblo y su presidente que muy raras veces es como debe ser. Nosotros, que tenemos el poder supremo, nosotros, que somos ciudadanos estadounidenses, debemos ayudar nosotros mismos si un presidente ha de convertirse en un gran presidente. Si Franklin Roosevelt fue un gran presidente, se debió principalmente al apoyo y al entendimiento explícito que el pueblo estadounidense le brindó mientras estuvo en la Casa Blanca.
- - - o o o F I N D E L A C I T A o o o - - -
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Sus memorias: 'Como él lo vio' provocaron que sus familiares públicamente lo negaran debido a la divulgación de detalles de la vida familiar.
ANÁLISIS GEOSISTÉMICO Y GEOPOLÍTICO
( Estudio Crítico Complementario )
La lectura horizontal de este documento de 1946 revela una cartografía de la fractura del orden mundial y provee la base teórica para comprender el tránsito de la geografía del conflicto hacia el escenario contemporáneo. El valor fundamental del texto radica en que fue redactado en la transición exacta entre un modelo multipolar de concertación y el nacimiento de la Guerra Fría.
1. Ruptura de la Multipolaridad y la Producción del Espacio Hegemónico
Desde el enfoque de la geografía política crítica, la muerte de Franklin D. Roosevelt se analiza como el colapso del geosistema de equilibrio diseñado en Teherán y Yalta. Elliott Roosevelt describe este fenómeno no como un cambio de nombres, sino como la captura del aparato del Estado por parte de una burocracia institucional asociada al complejo militar-industrial ("hombres de carrera dentro del Departamento de Estado"). Al imponer la doctrina de "mano firme", Estados Unidos abandonó la función de mediador espacial y asumió la producción de un espacio global unipolar sustentado en la coerción atómica. La infraestructura de las "bases aéreas de avanzada en la zona oriental de Alemania" representa la primera materialización física de la política de contención, alterando la geografía regional europea y forzando la respuesta de la contraparte mediante la instalación defensiva de lo que Churchill denominó el "Telón de Acero".
2. Restauración Colonial y la Lógica del Enclave Extractivo
El texto desnuda las dinámicas de dominación en las periferias globales utilizando tres casos que tipifican la manipulación territorial:
• La fragmentación del espacio chino: La violación de las condiciones del Acuerdo de El Cairo sobre puertos estratégicos (Hong Kong, Cantón, Shanghái) demuestra que la política exterior estadounidense subordinó la soberanía territorial y la unificación de China a las exigencias imperiales de Gran Bretaña, precipitando la desarticulación geopolítica de la región.
• La reconquista del Sudeste Asiático: Las intervenciones en las Indias Orientales Holandesas (Indonesia) e Indochina exponen la contradicción de los discursos democráticos metropolitanos. El desvío de pertrechos de guerra norteamericanos para aplastar los movimientos de liberación javaneses y vietnamitas comprueba que la prioridad del nuevo orden fue garantizar la continuidad del control imperial sobre recursos bióticos y minerales estratégicos. El territorio colonial no fue liberado; fue recolonizado mediante el uso delegativo de la fuerza militar británica.
3. Geopolítica de los Recursos y Control de Pasos Estratégicos (Chokepoints)
El análisis de Elliott Roosevelt sobre Irán y Turquía posee una precisión geográfica impecable. Las disputas territoriales en los Dardanelos e Irán no se originaron por dilemas ideológicos abstractos, sino por las coordenadas materiales de la riqueza y el posicionamiento absoluto. En Turquía, la tensión se centró en el control de acceso del mar Negro al Mediterráneo (Dardanelos). En Irán, el conflicto radicó en la asimetría extractiva impuesta por las corporaciones británicas mediante concesiones leoninas (51% frente al 49%). La cercanía posicional del norte iraní con los campos petrolíferos soviéticos de Bakú convirtió a la región en una zona fronteriza hipersensible. El uso del Consejo de Seguridad de la ONU para sancionar la presencia soviética mientras se validaba el monopolio británico demuestra cómo las instituciones supranacionales fueron instrumentalizadas para consolidar la geografía del capital.
4. Continuidad del Tablero Global: La Proyección al Escenario Contemporáneo
El análisis adquiere su mayor fuerza reflexiva al contrastarlo con el presente. Las advertencias de 1946 respecto a la gestación de una "Tercera Guerra Mundial" cobran vigencia al observar que los actores espaciales en disputa siguen siendo exactamente los mismos: las potencias del Consejo de Seguridad ( USA, Inglaterra, Francia, Rusia, China ) colisionando en los mismos nodos y zonas de fricción periféricas (+ Irán, Turquía, Palestina).
firmado:
Miguel Cuicapuza
La diferencia estructural contemporánea es la pérdida del monopolio nuclear y el fin de la unipolaridad absoluta. El espacio global ya no se debate ante un "secreto atómico", sino ante un sistema de interdependencias asimétricas, guerras subsidiarias en los mismos territorios descritos en la obra y una disputa encarnizada por la infraestructura energética global.
La historia continua del territorio demuestra que los límites de fricción trazados en la posguerra siguen operando como las líneas de falla del geosistema mundial contemporáneo.
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